
Un citar hindú suena en mis sueños.
Unas guirnaldas de colores naranjas y rojas en un carnaval budista.
Tiempo de elevarse. Elevarse más. Un poco más.
Respiración que centrifuga mis emociones.
“¡¡Déjame entrar joven!! A esas puertas de nogal llenas de misterio e intuición.
Tengo que contarte sobre esos buenos tipos que existen en este suelo. Sé de pocos. Pero los he encontrado”
Sacó un añejado vino. Sirvió dos copas y empezamos a tomar. Un dulce vino.
“Como eternos buscadores de un no se que, vamos y venimos. Nunca dejes de soñar. Siempre toma fuerte la ilusión porque sin saber que buscas, encontrarás mágicos momentos.
En el desierto conocí a un camello. Un animal viejo y sabio. Con una esencia divina y una postura intelectualmente profunda.
Lo miré a los ojos.
Y de un desmayo entre en su mundo.
Escuché su interior y fui llenándome de sabiduría. Su silencio y su espectro hicieron causa en mi”
Un estornudo pausó esa energía que era conversar.
Siguió...
“Come del peyote gran anciano. Pero mantente alerta, ya que todo no es como lo ves.
Si encuentras a un valioso hermano, cuídalo, abrázalo, ámalo, dale todo lo que corresponda. Que no te alcance con un “Este es un gran tipo”.
Dale valor a lo que realmente tiene sentido.
Se un buscador sano y elévate hacia el mas allá. Con tus sueños, con tus emociones, con tus franquezas.
Enseña esto que mi interior te está brindando, ya que te he estado esperando hermano mío. Hoy serás parte de mi eterno animal”
Una lágrima de felicidad cayó de su ojo. Deslizándose así por su cachete hasta llegar a su pera y así caer lentamente al suelo.
“El camello me dio su aprendizaje, me dio sus secretos. Me cedió su lomo y en un viaje de alucinaciones recorrimos todo el desierto. Experimenté lo que es querer a un hermano, valorarlo y respetarlo”
Sus palabras fueron el descanso en mi alma.
En un vuelo fugaz me eleve y lentamente el se fue.
Una noche griega.
Llena de diosas en busca de el cielo azul.
Un frió poderoso y un sueño por crear.
Unas guirnaldas de colores naranjas y rojas en un carnaval budista.
Tiempo de elevarse. Elevarse más. Un poco más.
Respiración que centrifuga mis emociones.
“¡¡Déjame entrar joven!! A esas puertas de nogal llenas de misterio e intuición.
Tengo que contarte sobre esos buenos tipos que existen en este suelo. Sé de pocos. Pero los he encontrado”
Sacó un añejado vino. Sirvió dos copas y empezamos a tomar. Un dulce vino.
“Como eternos buscadores de un no se que, vamos y venimos. Nunca dejes de soñar. Siempre toma fuerte la ilusión porque sin saber que buscas, encontrarás mágicos momentos.
En el desierto conocí a un camello. Un animal viejo y sabio. Con una esencia divina y una postura intelectualmente profunda.
Lo miré a los ojos.
Y de un desmayo entre en su mundo.
Escuché su interior y fui llenándome de sabiduría. Su silencio y su espectro hicieron causa en mi”
Un estornudo pausó esa energía que era conversar.
Siguió...
“Come del peyote gran anciano. Pero mantente alerta, ya que todo no es como lo ves.
Si encuentras a un valioso hermano, cuídalo, abrázalo, ámalo, dale todo lo que corresponda. Que no te alcance con un “Este es un gran tipo”.
Dale valor a lo que realmente tiene sentido.
Se un buscador sano y elévate hacia el mas allá. Con tus sueños, con tus emociones, con tus franquezas.
Enseña esto que mi interior te está brindando, ya que te he estado esperando hermano mío. Hoy serás parte de mi eterno animal”
Una lágrima de felicidad cayó de su ojo. Deslizándose así por su cachete hasta llegar a su pera y así caer lentamente al suelo.
“El camello me dio su aprendizaje, me dio sus secretos. Me cedió su lomo y en un viaje de alucinaciones recorrimos todo el desierto. Experimenté lo que es querer a un hermano, valorarlo y respetarlo”
Sus palabras fueron el descanso en mi alma.
En un vuelo fugaz me eleve y lentamente el se fue.
Una noche griega.
Llena de diosas en busca de el cielo azul.
Un frió poderoso y un sueño por crear.
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